miércoles, 6 de abril de 2011

AUTOEXAMEN


Hoy en mi trabajo se me encargó sacar unas piezas de metal de unos modelos de yeso, eran piezas que constituirían implantes dentales. Eran como pilares de prueba.
El caso era éste: el yeso de los modelos era el llamado “extra duro”, y en realidad era casi imposible extraer de ellos las piezas metálicas. Lo intenté con un micromotor y una fresa especial, nada. Lo intenté con un alicate y así tratar de mover aquellos pilares, pero no servía.De pronto se me ocurrió mojar el yeso, pensando que si lo sumergía un rato lograría ablandarlo y retirar de él los metales. Pero tampoco fue buena idea.
Al final puse un alicate acostado, sobre él puse el modelo de yeso y, usando un destornillador como cincel comencé a pegarle con un martillo. Por este lado, por aquel lado hasta que algunos trozos de yeso comenzaron a desprenderse levemente, pero la tarea fue ardua. Los trozos duros de yeso saltaban y muchos se golpeaban contra mis anteojos protectores.
Después de mucho luchar logré retirar aquellos transfers de metal y el yeso quedó desmoronado, y luego fue arrojado a la basura.
Ahora repasando mis actividades del día he meditado en ese yeso. Era duro, fuerte, firme. Resistió íntegro todo lo que yo hice para debilitarlo. Intenté destruirlo con distintas herramientas, en distintas posiciones y ángulos y por un tiempo prolongado. Cuando los trozos comenzaron a desprenderse, aun en ese momento tampoco podía extraer los metales.
Ahora pienso en las pruebas que Satanás ha puesto o pondrá en mi vida, y todas las armas que puede utilizar para destrozarme.
Por eso me pregunto: ¿Es mi fe tan fuerte y tan firme como ese yeso?


lunes, 4 de abril de 2011

DÍAS DE URGENCIA



Eran las 8:30 y comenzaba el turno de la mañana. Con mi uniforme blanco y celeste entré a la posta y fui a lavarme las manos, me puse los guantes de procedimiento y comencé a trabajar... todo era pura adrenalina: llegaba la ambulancia, atendíamos en el pasillo, suturábamos, corríamos, nos cansábamos.

Eran dias difíciles pero aparte de mi trabajo hice muchas cosas para humanizar esos momentos de dolor:  tomé la mano de personas con miedo mientras le sacaban una muela; le canté “La cuncuna amarilla” por 15 minutos a un niño que tenía una herida en la boca mientras el dentista suturaba; traduje una consulta dental a lenguaje de señas a una asustada niña sorda a quien tenian que sacarle un diente. En fin, a la hora de almuerzo estaba extenuada, pero era muy grato saber que estaba ayudando a la gente.
Un día me hice una herida en un dedo. Caminé por todas las salas de la posta buscando un simple parche curita, pero en mi búsqueda llegué a la urgencia de medicina y alli descubrí pacientes que no tenían ni un lugar sano en el cuerpo. Eso que vi  me hizo entender que mi herida en el dedo no era nada. Dejé de buscar un parche curita, me hice una curación rápido y seguí trabajando.
Mientras avanzaban las horas y los dias, me di cuenta de que estaba viendo una radiografia del viejo mundo con toda la gama del dolor. Era el “bajo sumidero de disolución”, era como un desagüe donde quedaban atrapadas historias que nadie quería contar, excepto los periodistas que hacian sus despachos a los noticiarios afuera de la urgencia.
Un dia llegó un señor con una urgencia dental pero venia custodiado por 3 hombres vestidos de uniforme. Traía un llamativo chaleco amarillo que me causó curiosidad. En realidad el chaleco no era para abrigarse, era el chaleco que decía “Imputado” y sus cadenas en manos y pies avalaban su situación. Allí no solo eran accidentes, eran historias de crueles novelas, pero esta vez eran reales. Y yo no las veía en televisión sino que las presencié en vivo y en directo.
Necesité orar muchas veces para poder seguir y pude entender cuánto le debe doler a Jehová ver a su creación marchita y acongojada.
Todo esto me confirmaba una vez mas cuánto necesitamos el Reino justo de Jehová, que eliminará de una vez para siempre todo el “lamento, el clamor, el dolor. Las cosas anteriores habrán pasado” (Revelacion 21:4).